Volando con el Guacamayo
Robin era una niña muy aventurera, que siempre solía estar correteando en el jardín. Vivía con sus padres en una casa en el campo, y pasaba los días rodeada de naturaleza. También era amante de las aves, y su sueño era poder volar como ellas.
Cuando tenía sólo 6 años, su madre le enseñó a tirarles comida para que se acercaran, y en muy poco tiempo, el lugar se llenó de aves de distintas especies. Algunas de ellas, sólo pasaban una vez y seguían su viaje, mientras otras se quedaban a vivir cerca de la casa, y volvían todos los días para ver a Robin que las alimentaba, las fieles vecinas. Al principio, ellas tenían miedo, trataban de no acercarse mucho, y después de comer, salían volando tan pronto como podían. Con el tiempo, fueron tomando confianza y se quedaban más tiempo. A veces, cuando llegaban y no la veían afuera, cantaban para llamarla a que salga, se acercaban y algunas hasta comían de su mano. Ella siempre salía con comida, y un cuaderno rosa en el que intentaba dibujarlas.
Su ave favorita, y la que más aparecía en sus dibujos, era un exótico guacamayo rojo, con azul y amarillo en sus alas. El resto de los pájaros no tenían nombre, pero a él, le puso Morgan. Ellos pasaban tardes enteras juntos, jugando y charlando en el jardín. Morgan ya se había acostumbrado a posarse sobre su hombro, y Robin se enorgullecía de eso, pero tan pronto como su madre se acercaba, Morgan salía volando rápidamente.
De a poco, empezó a contar a sus padres de sus conversaciones con Morgan. Sus padres al principio creyeron que era cosa de niños pequeños, pero, con el tiempo se empezaron a preocupar. Un día mencionó que, en una conversación con Morgan, le había dicho que, si se esforzaba, ella también iba a poder aprender a volar, pero que le llevaría mucho tiempo.
Sus padres, quedaron sorprendidos y asustados al mismo tiempo. Los pájaros no hablan, pero ellos saben que, en casos muy específicos, pueden aprender a decir algunas palabras por repetición, y eso podría estar confundiendo a Robin.
Pensaron que podría llegar a ser perjudicial para la niña, tener conversaciones fantasiosas con un ave, y se dispusieron a alejar a Morgan. Sin dar explicaciones, prohibieron a Robin salir de la casa, esperando que el guacamayo, al no recibir comida, se alejaría y no volvería más.
Pasaron un par de semanas, y cuando creyeron que Morgan ya se había ido, lo encontraron en la ventana del cuarto, junto con Robin. Entonces, su padre decidió ponerle punto final al asunto, y mientras ella estaba en el colegio, sacó su escopeta de caza, pretendiendo matar al ave.
Salió a buscar al guacamayo, recorriendo cada árbol y cada rincón de la finca. Finalmente, encontró a Morgan que estaba durmiendo en lo alto de uno de los árboles. Tratando de no hacer ningún ruido, para no llamar la atención, se posicionó con el rifle apuntando, y sin pensarlo dos veces, disparó. La bala, pasó por el costado, pero el fuerte ruido del rifle, despertó a Morgan, quien salió volando rápidamente, y se fue lo más lejos que pudo hasta perder de vista al padre, que seguía intentando dispararle.
Los días pasaron, Morgan no volvía, y Robin estaba cada vez más triste. Sus padres intentaron convencerla de que seguramente, era porque en invierno las aves emigraban, y el guacamayo se habría ido en búsqueda de un lugar más cálido, pero ella no entendía como pudo haberse ido sin despedirse. Con el tiempo, dejó de salir al jardín, se fue olvidando de sus charlas con Morgan y abandonó totalmente su cuaderno de dibujo. Tras 4 años de terapia, se convenció de que los guacamayos no hablaban.
Un día en el patio de su casa, vio un ave roja a lo lejos, e inmediatamente se le vino el recuerdo de Morgan a la cabeza. Intentó acercarse, pero el ave salió volando. Robin estaba segura de que era él, y pensó que, si aprendía a volar, podría ir en busca de su amigo.
Entonces, se propuso hacer todo para aprender. Intentó saltar de la cama, columpiarse fuerte e impulsándose desde la hamaca, ponerse una capa, y hasta se inventó unas alas con cajas de cartón que encontró en el garaje. Nada de eso funcionó, pero Robin no se resignaba.
Un día, sintió el impulso de treparse a un árbol, para saltar desde un lugar con más altura y ver, si de esa forma podía conseguirlo. Era una completa locura, pero Robin estaba decidida a hacerlo. Estaba segura de que de esa forma por fin podría lograrlo.
Trepó lo más alto que pudo, y empezó a arrastrarse sobre una rama, acercándose hasta la punta de ella, y se paró abierta de brazos. Al mirar al piso, sintió un miedo muy fuerte, pero cerró los ojos, respiró profundo y se dispuso a saltar.
Cuando estaba por hacerlo, escucha una voz que le dice:
– ¡Pará Robin! ¡Te vas a matar!
Se tambaleo del susto, y resbaló sobre la rama consiguiendo sujetarse de ella. Levantó la vista, y Morgan estaba mirándola en la rama de al lado.
La niña se incorporó en el árbol, y Morgan se acercó.
– ¿Estás bien? – Preguntó el guacamayo.
– ¡Morgan! – Respondió la nena entre lágrimas – ¡Estás vivo!
Lo agarró y lo abrazó contra su pecho.
– Entonces vos… ¿Vos hablás?
– Claro que hablo mi querida Robin. Ya te olvidaste de nuestras conversaciones.
– Pero ¿cómo es posible? Mi psicóloga me dijo que los animales no hablan.
Morgan intentó explicarle, que los guacamayos empezaron a hablar con los humanos hace muchos años, cuando todavía no se interesaban en cazar aves. Fueron aprendiendo de escucharlos hablar, y de a poco se fueron acercando. Al principio, llegaron a establecerse grandes relaciones entre los humanos y los guacamayos, pero con el tiempo, algunos humanos empezaron a cazarlos y venderlos por precios altísimos, convirtiéndolos en esclavos. Lo mismo pasó con los loros y las cotorras, sólo que los guacamayos eran más exóticos y llamaban la atención.
Zoológicos, circos, atracciones turísticas y hasta incluso casas particulares, se llenaron de guacamayos, que eran forzados a hablar para obtener comida. Familias enteras destruidas, y una raza casi en extinción, que se fue a esconder en lo más profundo de la selva, donde el hombre raramente llegaba.
Los que quedaron atrapados en el mundo del humano, entraron en una fuerte depresión y empezaron a perder la consciencia, perdieron su capacidad de volar, dejaron de pensar, y se limitaron a repetir las palabras que los humanos les decían. Sus vidas, cortas y tristes alejaron a casi todas las aves.
– A pesar de que en nuestra bandada nos cuenten esa historia desde que nacemos y nos prohíben acercarnos a los humanos, yo tuve una inmensa curiosidad por salir a explorar que pasaba fuera de la selva y me escapé. Salí a observar de lejos el mundo de los humanos, tratando de que no me vean, hasta que un día te encontré jugando con otras aves en el jardín de tu casa. – Le contaba Morgan a la niña.
– Me fui acercando con miedo, y poco a poco me fui dando cuenta de que vos no tenías malas intenciones. Así empezamos a tomar confianza y conversar. Pero después, comprendí que no fue una buena idea y decidí alejarme. Intenté regresar cada tanto, sin que me veas, para ver como estabas, pero hoy me asustaste. ¿Qué hacés intentando saltar de un árbol?
– Te estaba buscando, vos me dijiste que iba a poder volar si lo intentaba. Y eso estaba haciendo.
– No funciona así exactamente, Robin. Volar lleva mucho tiempo.
El guacamayo le explicó que se volaba con el alma y no con las alas. Y que para volar necesitaría desarrollar su creatividad en algo que le apasione, al punto de llegar a poder hacerlo con el alma y no con el cuerpo. Luego de eso, el vuelo vendría naturalmente, sin tener que hacer ningún esfuerzo.
– Las aves desarrollamos nuestra capacidad de volar a través del canto. Si un día consigues ir a la selva, descubrirás que somos capaces de componer maravillosas melodías con nuestro canto. Las gallinas y los patos aún no lo han logrado, por eso no consiguen volar más que unos metros a pesar de tener alas, pero están en camino.
– Pero entonces, ya debería haber humanos que vuelen. ¿No es así?
– En realidad, es complicado. Los humanos siempre han tratado de reprimir a los que se diferencian, hasta a los de su propia especie. Imaginate, encierran a los guacamayos en zoológicos… Si supieran que un humano vuela, no sé de que serían capaces.
– Entonces… ¿si un día consigo volar van a querer capturarme?
– Posiblemente sí. Pero no por eso tienes que dejar de intentarlo. Volar es la sensación más linda que puede haber y realmente vale la pena. Sólo tienes que tener cuidado de que ellos no lo sepan. Ahora debo irme, antes de que vean que estoy aquí contigo.
El guacamayo se despidió de la niña y prometió visitarla de vez en cuando. Ella volvió a su casa y sin comentar nada de lo acontecido, le pidió a su mamá comenzar clases de dibujo que daban por a tarde en su escuela.