EL EGO DE LOS PERIODISTAS QUE CREEN HACER PERIODISIMO
por Ruben Dario Buitron
https://rubendariobuitron.wordpress.com/2019/11/14/el-ego-de-los-periodistas-que-creen-hacer-periodismo/
e sienten cómodos en las verdades a medias que se dicen a sí mismos y que dicen a los demás. Se aprovechan de lo que han venido cultivando por años: su popularidad, rating y audiencias les da cancha para justificar su hambre de pedestal y evidente narcisismo.
Argumentan que no es incoherente tener un pie en el periodismo y otro en la mayoría ideológica vigente, porque “cuando la patria convoca hay que ir al llamado”.
Pero olvidan que antes de pasar al otro lado izaban las banderas de la estricta vigilancia cívica y el debate y la libertad de prensa como mecanismos para construir democracia.
Dejaron atrás el pudor, el pluralismo, el compromiso social, la fiscalización pública, honesta y equilibrada al poder.
Y ahora sus zonas de confort son la curul parlamentaria o municipal, los medios institucionales, la burocracia internacional, la diplomacia, las asesorías ministeriales, los contratos de consultoría, los círculos de influencia, las argollas.
Como periodistas actúan igual a lo que critican de los comunicadores de la vieja partidocracia: son jueces y parte, voceros del cacique, intolerantes con quienes no piensan como ellos.
Unos pocos, al menos, se ruborizan y mantienen el perfil bajo. Otros, más avezados, justifican sus prácticas politiqueras y clientelares bajo el pretexto de que hay que sumar para ganar.
Son agudos y rotundos impugnadores del pasado, pero reverentes e inflamados conductores de espacios mediáticos donde no cabe la rendición de cuentas.
Son entrevistadores del exoficialismo y seudointérpretes de la opinión popular, siempre y cuando esta no cuestione al poder imperante.
Son fanáticos del pensamiento uniforme, adoradores de sus tótems y ejecutores puntuales de consignas, dogmas y disposiciones que vienen desde lo alto.
Descalifican a los periodistas que ejercen la crítica, incluso a quienes encienden las alertas desde la idea de un cambio verdaderamente democrático.
Entienden la moral periodística como una plastilina que se adapta a sus percepciones según “el momento histórico concreto” y “las condiciones objetivas”.
Fingen ensordecer frente a legítimos puntos de vista y argumentos deliberantes de otros ciudadanos.
Desprecian a quienes toman distancia y se alejan del banquete.
Subestiman a quienes no aceptan cargos a cambio de perder el derecho a la crítica.
Ríen de quienes exigen democracia desde adentro.
Se burlan de quienes demandan una nueva conducta política y de quienes conminan a un ejercicio público desde la participación, no desde el pragmatismo o el cinismo.
Ironizan a quienes no se dejan seducir por el discurso unilateral.
Acusan de hacer el juego a quienes, según ellos, se quedaron en el periodismo no partidista, un periodismo al que estigmatizan tachándolo de sacerdotal o purista, un periodismo de la gente que aspira a un cambio a la luz de la transparencia, el pluralismo y la coherencia ética.