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1. Cambia el chip:
Delegar no es perder el control, es multiplicar tu capacidad. Empieza por confiar: si alguien está en tu equipo, es porque puede, aunque sino mejoralo.

2. Define el qué, no el cómo:
Tu rol es aclarar el objetivo, no dictar el paso a paso. Di “Necesito que este informe esté listo para el viernes con estos tres puntos”, no “Hazlo como yo lo haría”.

3. Usa listas de chequeo, no seguimiento constante:
Establece momentos concretos para revisar avances. Así evitas interrumpir y generar ansiedad.

4. Pregunta más, corrige menos:
Antes de salir a corregir, pregunta: “¿Cómo pensaste resolver esto?” Esto desarrolla criterio y evita que tu equipo dependa de ti para todo.

5. Da retroalimentación clara y breve:
Reconoce lo que funciona y da mejoras puntuales. Evita discursos. Algo como: “Buen enfoque, solo ajusta el cierre para que sea más claro”.

6. Confía, de verdad:
Nada mata más la motivación que sentir que nunca es suficiente. Si delegas, suelta. Observa resultados y ajusta, no controles cada movimiento.

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