Un día caminando al trabajo comía una paleta de toffee como siempre mientras me dirigía hacia un granero para descargar heno cuando vi a la señora Elia cargando el camión con cilindros de leche ella sola. Corrí a ayudarla.
Su esposo y su hijo estaban en la capital para el Festival de las flores pues mi fanfarrona prima, Marcie, a quien mi tío había encomendado la tarea de buscar personal para descargar el cargamento y montar el puesto de su negocio de flores en el Festival, había contratado a la mayoría de los hombres que trabajaban en nuestros graneros apenas un día antes y nos habíamos quedado sin personal.
Aunque, yo como el sol brillante que soy, nadie me quiso asignar tareas sumamente importantes por miedo a que mi suculento brillo quemase otra parcela que se suponía debía harar.
Entonces vi a la señora Elia y me pregunté: ¿Qué habría hecho la señora para merecer tal trato? La mayoría de los trabajadores había optado por no recibir la paga de un par de días pero su esposo e hijo la enviaron a cumplir con las tareas de los dos en su lugar. ¡Aparte era enfermera de turno nocturno! ¡Desconsideración total!
Ambos hombres completamente adultos iban a ganar bien por dos días en la capital más viáticos y hospedaje, ¡Más banquetes gratis de parte del Gobierno! Mientras que la mujer que mantenía la familia a flote debía hacer el trabajo de dos hombres, su propio trabajo como la fabricante de nuestras paletas y barras de toffee, y de paso tratar gente por la noche.
Era mucho trabajo para una sola persona, esos sí que deberían sentirse avergonzados de sí mismos. Y lo peor era que el dinero del día no iría hacia la señora Elia ¡sino hacia las cuentas de sus dos desvergonzados!
Resolví que debía ayudarla un poco más cuando terminase con mis tareas, que de paso ¿qué era? ¿Limpiar el granero y qué más? ¿El heno? Revisé las instrucciones qué mamá escribió para mí. Me habían asignado todo eso más ¿200 paletas? ¡¿Dos mil?! Chillé como cerdo en matadero. ¿Qué tanto tenía qué hacer? Ordeñar la vaca, filtrar y calentar la leche, separar la crema, preparar el toffee, enmoldar, refrigerar, empacar las dos mil y luego limpiar. Me mordí la lengua, no terminaría antes de mañana. Revisé el itinerario del siguiente día y abrí mis ojos tanto que se secaron, ¡¿cuatro mil paletas?! ¡No! ¿Cómo? ¿Para venderlas todas el sábado? ¿Somos millonarios?
Sintiendo la fatiga antes de empezar, imaginé todo lo que compraría si vendiera seis mil paletas por día y entendí por qué la señora Elia no quería perder la paga de dos personas.
Entonces mientras hacíamos el toffee no pude evitar preguntarle:
—¿Y usted qué compra con la paga de un día?
—Un par de vestidos, la modista de una calle abajo de tu tienda de dulces hace descuentos si encargas más de uno. —dijo mientras vertía toffee en los moldes.—¿Y usted, niña Tilly? ¿Cómo gasta sus ganancias?
Buena pregunta. ¿Vestidos? No, mi mamá me los compraba cada tanto. ¿Comida? Pero siempre me decían que había comida en casa. Entonces se me ocurrió, ¡Que estafa!
—No me pagan.
Durante el resto de la tarde y la noche que tuve que pasar sola haciendo el toffee de ahora y el siguiente día, hice planes mentales para abrir mi propia tienda de paletas e independizarme.
Lo iba a hacer poco a poco pero tres días después, cuando los trabajadores habían regresado y mi familia estaba libre para comer juntos, se me salió durante la cena.
—¿Por qué no me pagan?
Mis papás me miraron de reojo.
—¿Por qué no me pagan si me hacen trabajar como burro todos los días? —mi mamá abrió la boca para refutar pero fui más rápida.—Tenemos casi ciento cincuenta trabajadores así que por personal no es.
Papá frunció el ceño y supe lo que venía.
—No es porque tengo que apoyar a la familia, mi tío le paga más a Marcie por ser totalmente inútil que a los granjeros por trabajar. —Me crucé de brazos. —Si no me pagan me voy de la casa.
Después de discusiones y mucho tira y afloja contra mi padre, el hombre más sumamente orgulloso de la cuadra, llegamos a una resolución.
—Mejor te mando a la Universidad en la capital —propuso, puse los ojos en blanco, cualquier cosa menos perder, así era ese hombre.—Vas a ser mejor que tu prima.
—¿Cuándo me voy?