Imagina una alarma contra incendios. Aunque su propósito sea prevenir que se queme tu casa, su mecanismo está calibrado de tal manera que reaccionará ante el efecto más común del fuego: el humo.
A la alarma no le importa si el fuego viene de un mueble quemándose o de un cigarrito, su trabajo es ser hipersensible al humo, porque sólo así podrá salvarte la vida.
Las emociones desagradables son como estas alarmas. Su propósito es reaccionar con fuerza ante aquello que tu mente perciba como una amenaza porque de algún modo es más efectivo para nuestra supervivencia la hipersensibilidad que la hiposensibilidad (o dicho de otro modo, tú prefieres tener que trapear tu piso por un falso positivo a que la alarma no reaccione cuando se esté comenzando a generar un potencial incendio).

Pero, ¿a qué se debe el síndrome del impostor?
El síndrome del impostor sigue esta lógica: cuando nos encontramos ante situaciones que amenazan nuestro sentido de “merecimiento”, éxito, satisfacción y logro, es posible que surjan emociones de frustración y de fracaso, ese hueco en el estómago que te hace pensar:
“¿Realmente mereceré esto? ¿Seré un fraude? ¿Y si resulta que no estoy a la altura?”
Esos pensamientos no son otra cosa que una alarma sonando: la que nos intenta decir, “¡todo se está incendiando, huye en cuánto puedas!”, incluso cuando la casa no está en fuego.
Pero la casa no siempre está en fuego, incluso aunque la alarma te diga que sí. Es decir: el síndrome del impostor no trata de la duda, sino de la catástrofe. Las emociones que surgen cuando se experimenta deben leerse en esa clave.
No es que tengamos que ignorarlas (si has experimentado esta sensación de miedo que describo, sabrás perfectamente que no se puede ignorar aunque te esfuerces muchísimo), sino que tenemos que entenderlas como lo que son: un grito. Y cuando reconocemos esto, podemos aprender a usarlo a nuestro favor.
El síndrome del impostor y yo
En mi caso, cuando entendí esto, logré conectar con aquello de lo que me estaba avisando. ¿Por qué percibo un incendio donde no lo hay? ¿Cómo puedo enseñarme a mí mismo a distinguir entre una amenaza real a mi trabajo y una que no lo es? ¿Por qué estoy recibiendo este pensamiento en específico? ¿Qué estrategias más objetivas que mi propia percepción puedo diseñar para aprender a reconocer realmente si merezco o no lo que tengo, si sé realizar bien o no mi trabajo?
Haciendo esto aprendí a recalibrar mi propia alarma para enseñarme a distinguir entre fuegos inocuos y fuegos devastadores, y a saber reaccionar de una mejor manera a ambos.
No digo que haya sido fácil, pero vaya, se pudo. Y puedo decir que hoy ya no le temo a mi síndrome del impostor, sino que convivo con él y aprendo de él.
Adquirir la habilidad para entender y manejar nuestras emociones es un elemento esencial para poder organizarnos adecuadamente y disfrutar más de la vida en general. Las emociones tienen una función reguladora y, lamentablemente, no solemos recibir la educación que en verdad necesitamos para aprender a gestionarlas.
Y, aunque solemos pensarlas como una cosa “mágica” o “abstracta” o “caótica”, en realidad no son más que una de las muchas herramientas que tiene nuestra mente para relacionarnos con el mundo.
Y así como el síndrome del impostor, hay muchas otras reacciones emocionales que suelen ser complicadas y confusas: la frustración, la falta de satisfacción, la impulsividad, entre otras. Sin embargo, siempre podemos aprender de ellas, si tan sólo primero aprendemos a escucharlas.
Por eso te invito a que tomes mi curso “Manejo de emociones para la productividad y la organización”, en el que te enseñaré distintas técnicas para poder tener de modo que puedas convertirlas en tus aliadas y no en tus enemigas.
El incendio sólo existe en tu cabeza y puedes aprender a usar el fuego a tu favor.
Curso de Manejo de Emociones para la Productividad y la Organización