Algunos pensamientos automáticos que no favorecen emociones positivas.
El filtraje.
Consiste en tomar los detalles negativos y magnificarlos, omitiendo los aspectos positivos de la situación. Esta distorsión se caracteriza por una especie de visión de túnel: la persona solo ve un elemento de la situación y excluye todo lo demás.
Hay personas hipersensibles a todo aquello que sugiere pérdida y que ignoran cualquier indicación de beneficio. Las personas deprimidas, por ejemplo, suelen seleccionar elementos que sugieren pérdida; las personas ansiosas tienden a percibir peligro; y quienes experimentan con frecuencia cólera buscan evidencias de injusticia.
El pensamiento polarizado.
En este caso, las cosas se perciben como blancas o negras, buenas o malas. La persona debe ser perfecta o, de lo contrario, se considera un fracaso. No existe un término medio.
Se tiende a interpretar cualquier situación de manera extremista. El mayor peligro de este tipo de pensamiento es la forma en que la persona se juzga a sí misma: no hay lugar para los errores ni para la imperfección.
Por ejemplo, el conductor de un autobús pensaba que era la persona más distraída del mundo por haber tomado una salida equivocada en la autopista, lo que lo obligó a conducir varios kilómetros fuera de su ruta. Solo por ese error se consideraba un incompetente.
La generalización.
Consiste en extraer una conclusión general a partir de un solo incidente. Si algo negativo ocurre una vez, la persona asume que ocurrirá una y otra vez.
Por ejemplo, un rechazo en una pista de baile puede llevar a alguien a pensar que nadie querrá bailar con él. Este tipo de pensamiento suele expresarse mediante afirmaciones absolutas, como si existiera una ley inmutable que determinara el curso de la vida.
Expresiones como “nadie me quiere” o “nunca seré capaz de confiar en alguien” reflejan este tipo de distorsión.
La culpabilización.
En este caso, la persona está convencida de que los demás son responsables de su sufrimiento. En el extremo opuesto, algunas personas se culpan a sí mismas de todos los problemas de quienes las rodean.
A veces se experimenta cierto alivio cuando se identifica a un culpable: si alguien sufre, alguien debe ser responsable.
Por ejemplo, un hombre se enfada porque su pareja le sugiere que construya una valla que él ya tenía intención de instalar. Piensa que ella debería haber sabido que estaba cansado y la considera “insensible”. Sin embargo, el problema radica en que él esperaba que ella leyera su mente. En realidad, era su responsabilidad comunicar su cansancio, y no lo hizo.
En el otro extremo, algunas personas dirigen constantemente la culpa hacia sí mismas, repitiéndose que son “incompetentes”, “insensibles” o “demasiado emotivas”.
La falacia del cambio.
En este caso, la persona espera que los demás cambien primero para poder sentirse bien. Cree que su felicidad depende de que otras personas modifiquen su comportamiento.
Sin embargo, la única persona sobre la que realmente tenemos control es sobre nosotros mismos.
Las estrategias que suelen emplearse para intentar cambiar a los demás incluyen culparlos, exigirles, ocultar información o negociar constantemente. El resultado habitual es que la otra persona se siente atacada o presionada y no cambia en absoluto.
El supuesto de fondo es que la felicidad depende de los actos de los demás, cuando en realidad depende, en gran medida, de nuestras propias decisiones y actitudes.